Blogs gratis - FULLBlog
Editar
¡Crea tu blog!
Compartir
FUTBOL INFANTIL ROMERENSE
DESDE 1920 JUGANDO A LA PELOTA - MELCHOR ROMERO - LA PLATA - ARGENTINA pagina optimizada para mozilla firefox res 1024 x 768
« MEMORIA DE UN WING DERECHO - Roberto Fon...« Inicio
 
24 de Septiembre, 2009    CUENTOS DE FUTBOL

DE CHILENA - DE EDUARDO SACHERI

  A MI GUSTO UNA DE LOS MEJORES CUENTOS DE TEMATICA FUTBOLERA QUE LEI, TE VAS A EMOCIONAR.

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967, es profesor y licenciadoen Historia, y ejerce la docencia universitaria y secundaria. Comenzó aescribir cuentos a mediados de la década del '90. Pertenece a eseextraño grupo de escritores que son best seller pero que pocos conocen.Sus primeros relatos futboleros encontraron una amplia audienciagracias a la difusión que de ellos hizo Alejandro Apo en su programa“Todo con afecto”, que se emite por Radio Continental.


De chilena
por Eduardo Sacheri

Ayera Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Alvolver, ella dijo que no había entendido muy bien, porque eran muchosformularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrámirado varias veces, buscando un gesto que le calmara las angustias.Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor acatástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cruce inquisitivode sus ojos.

Los doctores dicen que, prácticamente, no haymanera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios, muy calmos,muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes estánhabituados a transmitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero,como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tempranito derevisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo aAnita que lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con eseaire grave, casi de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y mefui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar loque el otro iba a decirle.

Rivas estuvo bien, justo es decirlo.Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizoun dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjadaen hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yopensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancandoa pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante lapropia desolación que había desnudado, Anita, muy seria y casitranquila (aunque me tenía aferrado el brazo con una mano que parecíauna garra, de tan apretada), le pidió que le especificara bien cuáleseran las posibilidades. El médico, que garabateaba el dibujo que habíaestado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio, levantó lacabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es casiimposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos.Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo.Ahora quería estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar unrato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado untren de carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en lagarganta. Pero como Anita se había portado tan bien, me sentí obligadoa guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, ytambién por no habernos mentido inútilmente. Ahí él se aflojó un poco.Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sentía mucho,que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir laoperación, pero que para ser sincero la veía muy fulera.

A latarde. la familia en pleno ganó tu habitación v desplegó un aquelarrelastimoso. Todos daban vueltas por la pieza, casi negándose a irse,como si que dándose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte.Vos seguías en tu sopor distante, en esa modorra quieta que te habíaido ganando con el transcurso de los días. Ni siquiera comer querías.Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos palabras. Y amí te me quedabas mirando fijo, como sabiendo, como esperando que yo meaflojara y terminara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que avos te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando meclavabas los ojos yo miraba para otro lado, o salía disparado con laexcusa de irme a fumar al baño del corredor. Y encima ese cónclavefamiliar que armamos sin proponérnoslo, pero que tampoco fuimos capacesde ahorrarte. Ayer estaban todos: papá, Mirta, José, el Cholo, y hastala madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos paraque te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a tiemposaliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara depánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias porpasar y les evité el mal trago.

Después llegó la hora macabradel atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luzmortecina estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida dehospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeresalejándose por el corredor. La ciudad calmándose de a poco, ladrandomás bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera laestúpida compañía de su bullicio.
Para entonces, la pieza era unvelorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito delas flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos,miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste losojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo apapá de que se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera.Mirta hojeaba una revista con cara de boba. José te miraba conexpresión de «que en paz descanses. Era cosa de que si hasta esemomento no te habías dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase lamenor duda de lo que estaba pasando. Y vos miraste para todos lados,levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se veque te costaba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y alfinal me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temíaque me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio medijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yole daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste aMirta que encendiera la luz, que no se veía un pepino. Con la luzprendida todos se quedaron quietos, como descubiertos en medio de unacto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura deese ensayo general de velorio inminente.
Y para colmo, como paraponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se confundiera antesde tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando, estirando el brazocon el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá tevas a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistasbastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa dedarle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, yque se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con talautoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fueron saliendo todos. Ycuando yo me disponía a seguirlos sin mirar atrás, me frenaste en secocon un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que tratade pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pudemoviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabarde una vez por todas con la luz moribunda de las siete, pateando yvolviendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final notuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojospreguntándome.

Te lo conté todo. Primero traté de ser suave.Pero después supongo que me fui aflojando, como si necesitara hablarcon alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantestranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanacionesmilagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos sucesivos, el inútilanecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, elpuntilloso pésame velado de los especialistas.
Vos te tomaste tutiempo. Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestrapesadilla. Llorabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a vecessueltan los hombres. Después, cuando por fin me callé, cerraste losojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empecé alevantarme de a Poquito, casi sin ruido, como para dejarte descánsar,queriendo convencerme de que te habías dormido.

Y ahí pasó. Teincorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbás de nuevo ála silla del susto. Me agarraste casi por el cuello. haciendo unguiñapo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fondo de mis ojos,corno buscando que lo que ibas á decirme me quedara absolutamenteclaro. Tu cara se había transformado. Era una máscara iracunda,orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Yano quedaban en tu piel rastros de las lágrimas. Sólo tenías lugar parala furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años porlo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentirá cómouno, á veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuándo memiraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste,el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde deleyenda me ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada.Como si fuesen suficientes las chispas que salían de tus ojos, y elrojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuandome agarraste, también era casi de noche. Y también yo estaba cagado demiedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos,entendés. Vos atajálo y dejáme á mí».

Jugábamos de visitantes,contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantilera uno de esos nudos de la historia que, para cuándo uno nace, yaestán anudados. Lo único que le cabe al recién venido al mundo, sinació en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con elBelgrano. Sin medias tintas. Sin chance alguna de escapar á ladisyuntiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La líneadivisoria no puede ser traspuesta.
Ambos clubes jugaban en la mismaLiga, y los dos cruces que se producían cada año solían tenerderivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial quenunca. Nosotros, en un derrotero inusitado para nuestras campañasordinarias, estábamos á un punto del campeonato. Quiso el destino quenos tocara el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipola cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningúnosado delantero contrario iba á estar dispuesto á amargarnos la fiestaa cambio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante yel calor que dan los yesos desde el tobillo hasta la ingle. Pero con elEstudiantil la cosa era distinta.

Entre argentinos hay una solacosa más dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos ácumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado para elpartido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magrodécimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada.
Lo maloera que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos winesrápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamentesanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta á su propia madre,en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el área conpelota dominada. Para colmo, de árbitro lo mandaron al negro Pérez, uncabo de la Federal que partía de la base de que todos éramosdelincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario. Un árbitrotan mal predispuesto á dejar pasar una pierna fuerte era lo peor quepodía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. Tambiénnosotros éramos argentinos: y darles la vuelta olímpica en las narices,y en cancha de ellos, iba a ser por completo inolvidable.

Elpartido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quincedel primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. Alos diez minutos el tipo ya había hecho méritos suficientes como parair preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellosles habrán dolido esos quince minutos, porque después entraron poco, yprefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvorín, y habíacomo doscientos voluntarios listos para encender la mecha. La canchatenía una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada porla gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto del perímetro,bien pegados al alambrado. Encima el gordo Nápoli, que tenía al pibejugando de ocho en nuestro cuadro, les sacaba fotos a los delEstudiantil y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oyerancon claridad, les gritaba las gracias porque las fotos le servían parael insectario que estaba armando.

El partido fue pasando como silos segundos fueran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto ypreguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pe gado al alambre, y megritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer ungol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentíaalgo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo nosupiera cómo cuernos evitarlo. Cuando terminaba el primer tiempo, misdudas se disiparon abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en unángulo desde afuera del área. Sacamos del medio y Pérez nos mandó alvestuario. La hinchada del Estudiantil era una fiesta, y yo tenía unasganas de llorar que me moría.

Ahora me acuerdo como si fuerahoy. Vos jugabas de cinco, y eras de lo mejorcito que teníamos. Pero entodo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras imbécil. Laspocas pelotas que habías conseguido, o te habían rebotado o se lashabías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritabacomo loco para hacerte reaccionar. Trataba de que te calentaras con él,aunque fuera, como cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí,mirando para todos lados con cara de estúpido. Siempre parado en ellugar equivocado, tirando pases espantosos, cortando el juego con fulesinnecesarios.

En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cámaray nos improvisó una charla técnica de emergencia. La verdad es quehabló bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sindemorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya sabíamos: siperdíamos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeonato, que niaportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razónpor las fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguíasahí, sentado en un banco de listones grises, con las piernas estiradasy la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo, tuve queir a buscarte porque ni aún entonces te incorporaste. No sé si fue elmiedo o una inspiración mística y repentina, pero de pronto me vi casillorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no arrugaras, quete necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te impresioné contanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan tímido),porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tonoya era el tuyo.

El segundo tiempo fue otra historia. Ese se mepasó volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo.Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le metiéramospata, que faltaba poco. Y a vos se te había acomodado la croqueta.Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas ylas distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pasesprofundos, bien medidos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en lospalos, y el pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (queencima andaba inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí meempezó de nuevo la sensación de catástrofe inminente.

No andabamal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron malparados de contraataque: se vinieron tres de ellos contra el backsobreviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cercadel área la abrió a la izquierda para el once. Montanaro se fue con ély lo atoró unos segundos, pero el otro logró sacar el centro que lecayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve más remedio que salir aachicarle. Parece mentira cómo a veces el hombre sucumbe a su propiapequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro.Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme degrande, el sueño de ser él quien nos enterrase definitivamente en eloprobio. Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar apunto de pasar a la inmortalidad con un gol definitivo, y recibir unapatada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumbó como un hachazo.

Pérezcobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso,pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que mepuso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asuntoconcluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizadase regodeaba en el sueño hecho realidad. El gordo Nápoli llorabaaferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdades que en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarradoviaje. Intuía ya el grito feroz que iban a proferir cuando convirtieranel penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos mugrientos saltando yabrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la pelota contra lared. Me volví a buscar la cara de Don Alberto en medio de los rostrosentristecidos. ,Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin seencontraron. Y era como una sentencia inquebrantable. Ahí bajédefinitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltantres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco.¿Cómo dar vuelta semejante cosa?
Me fui a parar a la línea comoquien se dirige al cadalso. Lo único que quería ahora era que pasarapronto. Sacarme de una vez por todas a esos energúmenos borrachos en laarrogancia de la victoria.
Y entonces caíste vos. Nunca supe quéhabías estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron sólo segundos,que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier to es que cuando levanté lacabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me loretorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas:«¡Reaccioná, carajo, reaccioná!». Tu cara metía miedo. Era una mezclaexplosiva de bronca y de rencor y de determinación y de certeza. Lamisma que pusiste ayer en la cama, y que me hizo acordar de todo esto.Me miraste al fondo de los ojos, como para que no me distrajera en elbatifondo de los gritos y los cohetes y los consejos de tiráte paraacá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te aseguraste deque te estaba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarrado delcuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Sivos lo atajás yo te juro que lo empato. Prometéme que lo atajás,hermanito. Yo te juro que lo empato».

Me encontré diciéndote quesí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada deeso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como un perfumea cosa verdadera que apaciguaba al destino y era capaz de enderezarlo.De ahí en más ya fui yo mismo.
Cumplí todos los ritos que debecumplir un arquero en esos casos límite. Iba a patearlo Genaro, el dosde ellos, un tano bruto y macizo que sacaba unos chumbazosimpresionantes. Me acerqué a acomodarle la pelota, arguyendo que estabaadelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casidelicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genarole dejé la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo porel estilo. Volvió a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevodejé mi lugar en la línea del arco y repetí el procedimiento. Pero estavez, y asegurándome de estar de espaldas al árbitro, lo enriquecí conun escupitajo bien cargado, que deposité veloz sobre uno de los gajosnegros del balón. Genaro, francamente ofuscado, volvió hasta la pelota,la restregó contra el pasto, y me denunció reiteradas veces al juezPérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el tipoya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con ademanesgrandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientrasle tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajocomo para que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mihermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a LaQuiaca de la vergüenza, pero que en agradecimiento yo le prometía queiba a dejar de afilar con su novia. Genaro optó por putearme a losalaridos, como era esperable de cualquier varón honesto y bien nacido.Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a la línea del arco conun gesto que va no admitía dilaciones.

En ese momento empezó arodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bienerguido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar se, y la pelotasolía salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme,de humillarme hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante depánico cuando sentí la pelota en la punta de mis guantes: era tal laviolencia que traía que no iba a poder evitar que me venciera lasmanos. De hecho así fue, pero había conseguido cambiarle latrayectoria: después de torcerme las muñecas la pelota se estrelló enel travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centímetros de lalínea. Me incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que losnoventa y cinco kilos de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza,las articulaciones. Pérez cobró el tiro libre y me gritó: «Juegue».

Nome detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Meincorporé como pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo,totalmente libre de marca: ellos volvían desconcertados, como nopudiendo creer que tuvieran todavía que aplazar el grito del triunfo.Te la tiré bastante mal por cierto; pero como andabas inspirado ladominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la tiraste alpibe de Nápoli que corrió como una flecha por la izquierda. Sacó uncentro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguiórevolearla al córner.

Era la última. Pérez ya miraba de reojo sumuñeca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lomío era un acto simbólico. Si me hubiese caído a mí hubiera sidoincapaz de cabecear con puntería. Al arco me defendía, pero afuera erauna tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero esta vezle salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área.Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veíabien ni la cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el airetodavía era más claro, la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuando tellegó a vos, supongo que debía ser poco más que una sombra sibilante.

Parecementira cómo todos estos años lo tuve olvidado, porque mientras avanzoen el recuerdo los detalles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Porque fue justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora larevienta alguno de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagroconcluyó su ciclo legendario. La camiseta con el cinco en la espalda,las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, después laderecha, la chilena lanzada en el vacío, y la sombra blanquecinacambiando el rumbo, torciendo la historia para siempre, viajando ysilbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas incrédulas,sorteando con lo justo el manotazo de un arquero horrorizado en lacertidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contrauna red vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y acobrar. Y nada más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado,apenas un vestigio de energía para salir corriendo, para treparse alalambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegría, paraencontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordoNápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y losgestos obscenos, y el grito multiplicado en cien gargantas, y eltumulto feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateralpara librarnos de los gargajos.

Ayer a la nochecita, con esacara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me hiciste retrocederveinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu fe ciega yal exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz detorcer los rumbos sellados del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer,ganas de hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que arribosestábamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lomismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y moqueamos unbuen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y medijiste dejáme solo, andá con los demás que van a preocuparse. Y yo tehice caso, porque en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos debronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé tranquilo.

Lanoche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando desueño pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron alquirófano me fui hasta la cafetería a tomar un café con leche conmedialunas. Me la llevé a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita.Lógicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pensé que con elbatuque que debía tener ahora en el balero me iba a sacar rajando siempezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco les dijenada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vezimprovisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar lashoras, a consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensayos deresignación y de entereza.

Ni siquiera dije nada cuando salióRivas hecho una tromba, cuando la agarró a Anita del brazo y ella loescuchó llorando pero maravillada, agradecida, in crédula, ni cuando élhabló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo engominado, nicuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando empezaron aoírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas buscando otras risascómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, nicuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios.

Ahítampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, esclaro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída,todavía tensa y desconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de lapropia Anita. Yo también, en su lugar, hubiese estado sorprendido. Paraellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no vivieronaquel partido de epopeya. Y no le dieron la vuelta olímpica alEstudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.


FIN


Palabras claves romerense, futbol, infantil, aplafi
publicado por eloracio a las 13:51  ·  1 Comentario  ·  Recomendar
 
Comentarios (1)  ·  Enviar comentario
espectacular ,,horacio , segui poniendo estos cuentos , que son hermosos ,,, sos el apo y dolina , de romero y aledaños.
publicado por Pinguino, el 25.09.2009 15:42
Enviar comentario

Nombre:

img

E-Mail (no será publicado):

img

Sitio Web (opcional):

Recordar mis datos.
img

Escriba el código que visualiza en la imagen

Escriba el código de la imagen:
Formato de texto permitido: <b>Negrita</b>, <i>Cursiva</i>, <u>Subrayado</u>,
<li>· Lista</li>
hopHOP
LA 2003
LA 2002
LA 2001
LA 2000
LA 99
LA 98
LA 97
clarin
CALENDARIO
Ver mes anterior Marzo 2010 Ver mes siguiente
DOLUMAMIJUVISA
123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031
SECCIONES
» Inicio
TÓPICOS
» COMERCIALES DE FUTBOL (4)
» CUENTOS DE FUTBOL (13)
» General (55)
» LA 2000 (18)
» LA 2001 (5)
» LA 2002 (8)
» LA 2003 (2)
» LA 96 (3)
» LA 97 (3)
» LA 98 (4)
» LA 99 (8)
» MACHETES DE COMPUTACION (0)
MÁS LEÍDOS
» APUNTES DEL FUTBOL DE ROMERO
» HABRAN CANCHA!!! LLEGO LA 2001
» JESUS: TUS CHICOS Y SUS PADRES TE DESEAN...
» LA 2000 EN YOUTUBE
» LA 2000 CAMPEON 2009
» LA 2002 SE PRESENTA EN SOCIEDAD
» LA 2002 SIGUE SUMANDO
» LA 97 LLEGA AL BLOG INVICTO Y PUNTERO
» LA 98 A PASO FIRME!
» ROMERENSE ES LIDER EN APLAFI
SE COMENTA...
» RESULTADOS TORNEO ALUMNI 2010
3 Comentarios: piojo, CRISTIAN, VIRGINIA
» ASI SI!!!
7 Comentarios: Claudia, vero, JUAN, [...] ...
» LA 2003 LLEGO AL FORO
7 Comentarios: Pamela ...
» EL FUTBOL INFANTIL ACEFALO - THE LAST POST -
3 Comentarios: eloracio, VIRGINIA, vero
» TODAS LAS CATEGORIAS SEMIFINALISTAS
1 Comentario: vero
FULLServices Network | Crear blog